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27 febrero 2018

Brutalismo: descarnado e impío, como la sinceridad humana. Por Guillermo Casado.

Chatham Towers, New York – Jordan L. Gruzen (1959)

«Bulto enmohecido de excrementos de elefante”. Así definió el príncipe de Gales al Tricorn en Portsmouth, edificio brutalista inaugurado en 1966 y demolido en 2004. Frase más propia de Harry Callahan que de un príncipe, pero no es la primera ni la última que le han asestado al “brutalismo”. Su nombre, su estigma. Fue Le Corbusier el que puso el apelativo “beton brut” al uso del hormigón visto en su Unité d’Habitation en Marsella, pero sería Gunar Asplund el que definiría con sarcasmo burlón como “neo brutalismo” los bocetos de dos colegas suyos. Reyner Banham publicaría en 1966 su libro “La arquitectura brutalista. ¿Ética o estética?” en el cual encontramos cierto fundamento ideológico. Pero la teoría del “brutalismo” no se ha desarrollado más allá de este libro y un par más, quizá debido a la animadversión general hacia el movimiento. En la actualidad es posible acceder a blogs, posts o artículos sobre el “brutalismo” consultando al libro gordo de Googlete (qué mayor estoy), dando la sensación del surgimiento de un interés por esta arquitectura, pero los ataques despiadados siguen produciéndose de una forma endemoniada. Podemos encontrar ejemplos de edificios brutalistas a lo largo y ancho del mundo, y por supuesto en España. Para muestra un botón. En Madrid tenemos las Torres Blancas y la Iglesia Nuestra Señora del Rosario de Filipinas, en Barcelona el edificio Colón, y como ejemplo relativamente reciente el Cementerio de Igualada. El aspecto a veces futurista de las construcciones parece ser el referente de inspiración de la arquitectura ficticia de la Tyrell Corporation en Blade Runner. Todos ellos se perciben como “esos edificios feos de hormigón, puagh!”. Y efectivamente algunos son difícilmente calificables como apolíneos. Pero, ¿es lo bello lo único interesante? En esta época que vivimos -ultramoderna, hipermoderna, supermoderna o como diantres se la quiera llamar- esta pregunta está conceptualmente superada. Las cosas no tienen que ser bellas para ser interesantes. De hecho el concepto de bello varía a lo largo del tiempo, por lo que es un ideal personal basado en premisas culturales de carácter efímero. Existen entonces otros factores que pueden dar dimensión a una obra arquitectónica o artística. Zygmunt Bauman -filósofo, sociólogo y ensayista- nos dice que el arte y la arquitectura pasan por la construcción conceptual, contextual y procesual de formas siempre en transformación. Es decir, que las materializaciones que creamos -obras de arte o edificios- surgen de un lugar y unos condicionantes (contextual), se crean a partir de la representación de uno o varios conceptos que los organiza (conceptual) y se desarrollan durante un proceso creativo y de vida que los condiciona en su esencia (procesual). Por tanto, al percibir arte o arquitectura no siempre debemos fijarnos en su belleza, ya que puede subyacer una profundidad reflexiva más allá del aspecto más o menos “bonito”. Asentada la idea de que los edificios no deben ser bellos, hermosos y divinos, reflexionemos ahora sobre el “brutalismo”, víctima de un pertinaz bullying histórico. El fundamento del “brutalismo” es la verdad. Este relativo concepto filosófico se traduce en arquitectura a través de otro: la sinceridad y honradez constructiva. El edificio muestra de qué está hecho y cómo está hecho. Desnudo, honesto, sincero y verdadero. Esto no se traduce solo en la expresión material esencial del elemento constructivo, sino también en la evidencia formal del proceso que le ha dado forma (encofrados, juntas, soldaduras, ensamblaje). Se produce entonces una interpretación de la verdad que no se desarrolla a través del simbolismo geométrico de la forma, sino que se imprime mediante una ética basada en la transparencia constructiva del edificio.

Unité d’Habitation, Marseille, Francia – Le Corbusier (1952)

Esta forma de acercamiento al proceso arquitectónico a través de la verdad, formalizada y revelada por la sinceridad constructiva, aporta una dimensión filosófica al “brutalismo”, lejos de recursos estilísticos, formales o estéticos. El movimiento moderno se caracterizaba, fundamentalmente, por la ruptura con el ornamento, la disposición racional de espacios y la investigación revolucionaria de las nuevas posibilidades que ofrecían los nuevos materiales y sistemas constructivos. Se le asocia el concepto abstracto de pureza, pero no es aplicable de manera general a todas las obras modernas. Sin embargo el “brutalismo” se enmarca en una concepción general comprometida y de carácter elevado, que obviamente bebe y se nutre de los paradigmas modernos, pero que supera a través de la interpretación ética de la verdad y sus consecuencias en el manejo constructivo y compositivo de la arquitectura.

Esto lo podemos apreciar comparando edificios como la Escuela Hunstanton de los Smithson y la Unité d’Habitation de Le Corbusier. Son arquitecturas distintas, teorías personales distintas, pero con una actitud sincera común a la hora de concebir el proceso constructivo y el resultado arquitectónico. La verdad no es “cool” ni políticamente correcta. El ser humano no se ha caracterizado históricamente por ser paladín de la verdad, sin embargo el momento contemporáneo que vivimos se basa en una oposición total a ella– ahora se habla de posverdad- . A la sociedad del bienestar no le gusta la verdad. Simplemente porque es incómoda y da dentera. Asistimos a construcciones de la verdad en base a las necesidades de los mercados, del Estado, del cliente, del jefe, de tu colega o de lo que sea. Da igual. “Estos son mis principios, si no le gustan tengo otros”. Arthur Schopenhauer, ideólogo del estilista de lobezno, nos dice: “Toda verdad atraviesa tres fases: primero, es ridiculizada; segundo, recibe violenta oposición; tercero, es aceptada como algo evidente”. Estas han sido las fases del “brutalismo”. Primero ridiculizado por el gremio de arquitectos, como Asplund, después sufriendo una fuerte oposición, como el príncipe de Gales, y finalmente siendo relativamente reconocido. El rechazo histórico al “brutalismo” es el rechazo a la verdad, siendo las demoliciones de edificios brutalistas a las que asistimos una metáfora de la destrucción de la verdad. Estamos perdiendo obras que formalizan el pensamiento de un momento que fue moderno, teniendo en sus fundamentos una motivación compleja, más allá de premisas basadas en el gusto. Recordemos ahora a Batty, semidesnudo, con la cabeza gacha bajo la lluvia: “todos estos recuerdos se perderán en el tiempo, como lágrimas en lluvia”. Texto: Guillermo Casado Ilustraciones: Bruno Vázquez